Las Cuatro Estaciones Sagradas por G. de Purucker
Theosophical University Press Online Edition

Capítulo IV

Equinoccio de Otoño

De todas las cuatro estaciones iniciáticas del año, ninguna quizás es más difícil describir que los eventos, pruebas y triunfos que pertenecen a la iniciación del Equinoccio de Otoño técnicamente llamada el Gran Paso. Así como el Solsticio de Invierno está conectado con el evento llamado el Gran Nacimiento, y el Equinoccio de Primavera está relacionado con el evento llamado la Gran Tentación, y el Solsticio de Verano con el sublime evento llamado la Gran Renunciación, así el Equinoccio de Otoño esta relacionado con el evento llamado el Gran Paso, los recónditos y en algunos casos pavorosos misterios de la muerte.

Como se ha señalado anteriormente, los Pratyeka Buddhas, santos y grandes hombres como ellos son, ejemplifican un aspecto de los eventos correspondientes a la iniciación equinoccial de otoño, porque llega el momento en el ciclo de vida o historia esotérica de un Pratyeka Buddha cuando toma la decisión final respecto a cuál de los dos senderos debe de tomar: primero, el de regresar entre los hombres como un Buddha de Compasión; o segundo, el de avanzar firme en el sendero del logro individual para sí mismo, con la luz de la eternidad brillando en su frente, pero con el corazón cerrado al grito de miseria y muchas veces de desesperación que brota de las multitudes de peregrinos que luchan en el camino detrás de él.

El Pratyeka Buddha definitivamente escoge el Gran Paso, muere absolutamente, y por el término que dure un manvántara cósmico puede estar fuera del mundo de los hombres y seres sensibles que viajan atrás de él. Y no vuelve. Él ha llegado a ser uno con sus partes divinas y espirituales, pero en un recinto cerrado de forma autosuficiente, de tal manera que aunque su ser brille como sol y esté hundido en el inefable misterio y dicha de nirvana, su campo de conciencia está limitado a su propio huevo áurico aunque éste esté ampliamente difundido o esparcido. Él permanece sumergido en las profundidades de la conciencia cósmica, pero !ay! inconsciente de todo excepto de sí mismo. Extraña paradoja, en verdad, que aunque es parte de la conciencia cósmica del sistema solar, él entiende esto y lo siente solo en la medida en que se refiere a la percepción de su propia esencia.

No obstante, el Pratyeka Buddha, por la realidad de su ser y existencia, ejercita una firme aunque silenciosa influencia a través de la esfera cósmica de la cual él ha llegado a ser una parte integral aunque inactiva. Sin embargo, esta influencia es negativa, inactiva, firme pero difusa; mientras que la influencia de las energías que fluyen del corazón de un Buddha de Compasión es activa, constructiva, creadora, estimulante, y directamente alentadora por su fuego vital.

La diferencia, como se puede ver fácilmente, entre el Pratyeka Buddha y un Buddha de Compasión es simplemente inmensa. Los Buddhas de Compasión, como el Observador Silencioso de nuestra cadena planetaria del cual ellos son copias, renuncian a las glorias inexplicables que les confiere el Gran Paso y se convierten en energías espirituales vibrantes en la vida del mundo y todo lo que contiene vida en el mundo, energías vibrantes con potencias espirituales, la mayoría de ellas muy sutiles para poder ser descritas en palabras.

El Gran Paso es la cuarta y última iniciación que cada Maestro de Sabiduría debe pasar, y las glorias a las cuales él debe renunciar. En esta fase particular del ciclo iniciático que lo lleva hacia un mahatma, el iniciante, como en las tres iniciaciones precedentes, debe pasar por el Inframundo; pero esta cuarta travesía es fugaz, es como si fuera un viajero en tren precipitándose a través de las escenas que han llegado a ser familiares debido a previas paradas; y en vez de dilatarse en el Inframundo, las energías son guiadas hacia arriba obteniendo un íntimo conocimiento, un entendimiento individual y una maestría de los Mundos Superiores.

En esta iniciación son aprendidos todos los misteriosos e intrincados secretos relacionados con la muerte, algunos de ellos sublimemente bellos y otros más espantosos que cualquier imaginación ordinaria humana. La estructura total de la constitución del iniciado debe ser rota y dividida por un momento, para que la mónada divina quede finalmente libre, sin ataduras y obstáculos de ninguna clase que le impidan sus movimientos, y pueda ascender y moverse entre los estrellados espacios comprendidos dentro de la zona que circunda nuestra propia galaxia estelar; nuestra casa-universo. Allí entre las estrellas y entre los planetas en movimiento orbital alrededor de esas estrellas, debe la libre mónada del iniciado rondar libre, como un pensamiento de un dios en libertad, y llegar a ser uno con —esfera estelar, tras esfera estelar— todas las diferentes y distintas fases y condiciones no meramente de substancia estelar, sino que también de conciencia cósmica.

En otras palabras, la divina mónada retorna a su origen estelar y pasa de estrella a estrella, vagando y alineándose entre ellas y se siente en confianza y completamente en casa. Lo que ocurre en el caso de un ser humano corriente cuando muere, es una completa inconsciencia porque no ha evolucionado lo suficiente para entender lo que esta pasando, sin embargo, para la mónada divina libre del maestro-iniciado todo es completamente consciente y claro. Cada fase del proceso de la muerte que ocurre en los seres humanos ordinarios le ocurre también al iniciante. Cada envoltura del alma es abandonada, dejada a un lado y por un tiempo olvidada, hasta que la divinidad desnuda queda sola, un fuego viviente de energía en una memoria auto consciente y auto cognoscitiva.

Una vez que las cadenas del hombre personal inferior, una vez que los forros, las agobiantes envolturas de la conciencia, han sido dejadas paso a paso, peldaño tras peldaño, hacia arriba en la escalera de la vida, la energía monádica emprende su noble camino. Debe pasar por las doce casas del zodiaco una tras otra — o, si se entiende mejor, pasar y experimentar las influencias particulares y peculiares que fluyen de cada una de las doce casas del zodiaco — hasta que, cuando la ronda se ha hecho y la familiaridad se ha logrado conscientemente de lo que hay allí, luego empieza el descenso paso a paso, peldaño por peldaño, la mónada libre se reviste de nuevo con las envolturas de conciencia y con los varios cuerpos espirituales, etéreos y astrales que previamente había desechado y olvidado. Finalmente llegando a nuestra tierra de nuevo — el cuerpo reposando en trance — vuelve a entrar a este mundo, levanta su cuerpo de nuevo y reaparece entre los hombres brillando con una luz celestial aun más etérea más maravillosa más pavorosa que la que reviste al afortunado cuando se levanta de las pruebas del Solsticio de Invierno. El iniciante ha muerto, el ha muerto en todo el sentido de la palabra; pero debido a un proceso maravilloso y mágico, y a la ayuda y cuidado protector de los grandes videntes y sabios quienes observan y cuidan a su hermano joven, él es capaz de regresar más allá de los portales de la muerte: él literalmente “resucitó de la muerte” y vuelve a ser un hombre glorificado, santificado, purificado en cada parte de su constitución compuesta. Él ha pasado más allá de los portales de la muerte. Él ha renacido completamente.

Éste no es un caso de renunciación como sí lo es durante el Solsticio de Verano. El iniciante es capaz de pasar estas terribles pruebas porque la Gran Renunciación había sido hecha durante el periodo de iniciación del Solsticio de Verano y había ganado la fuerza para morir completamente y sin embargo regresar a la existencia física humana.

He aquí cómo, hablando espiritual y éticamente, podemos discernir la diferencia entre el Pratyeka Buddha que muere a voluntad, alegre y feliz por su propia dicha espiritual y el que ha hecho la Gran Renunciación como los Buddhas de Compasión y sus seguidores que mueren por la experiencia que les da, por el conocimiento que obtienen pero, que regresan a la vida con el fin de ofrecerse así mismos al servicio del mundo.

No es fácil morir completamente. Los hombres mueren diariamente, pero imperfectamente, en la noche cuando se acuestan en su cama y duermen. Pero deliberadamente morir es una cosa muy difícil, porque es contraria a las leyes habituales de la naturaleza. De cualquier manera, la muerte no es inmediata o de repente, ni aun en el hombre promedio que muere. Porque muchos meses precedentes a la disolución física, hay un ajuste que es un arreglo interno del huevo áurico que prepara las partes monádicas para la peregrinación después de la muerte. Y al final por un corto periodo antes de la muerte, la conciencia ronda entre la tierra y la estrella, entre el cuerpo físico y el sol, destellando hacia el sol y de regreso hacia la tierra varias veces, hasta que el cordón de oro de la vida se rompe, y la inconsciencia — instantánea, inmediata, e inexpresablemente dulce y suave — desciende sobre el que muere, quien de aquí en adelante estará lo que los hombres llaman: muerto.

Hasta ahora he hablado de la cuarta de las cuatro grandes iniciaciones como se aplica al caso de los Grandes Seres que la toman y que regresan entre los hombres; pero hay muchos otros casos de aquéllos que toman esta iniciación en la forma del Pratyeka Buddhas y mueren en este mundo y no regresan jamás hasta que eones han pasado y caído uno por uno en el océano del tiempo pasado. Estos últimos son los casos de quienes están en camino de llegar a ser Pratyeka Buddhas, tal vez sin percatarse de ello, aunque esto parezca paradójico; y estoy seguro que se sorprenderán que numerosas son las almas humanas que desean la inexpresable paz y felicidad del descanso nirvánico — ceñidos a la vida, ansiosos de que continúe, y sin embargo en una extraña paradoja, prefieren el camino de la muerte.

Los Grandes Seres que toman esta cuarta iniciación para tener una experiencia directa, no solo sobre el Inframundo sino también sobre los mundos superiores, y lo que cada mónada debe de pasar cuando deja la encarnación en la manera ordinaria de la muerte.

En la iniciación del Solsticio de Invierno los planetas visitados son usualmente la Luna, Venus, Mercurio, y el Sol y luego regresa, mientras que en la cuarta iniciación del Equinoccio de Otoño estos mismos planetas se visitan — durante el proceso que quizás justificadamente podemos llamar disolución de la constitución — además que los planetas superiores Marte, Júpiter y Saturno y por lo tanto, la libre mónada viaja hacia los espacios cósmicos de afuera. El viaje de regreso se hace sobre el mismo sendero, y los trajes o velos de conciencia que la mónada peregrina dejó durante estas peregrinaciones en cada uno de los planetas y en cada uno de los planos, son de nuevo recogidos y reasumidos, y por lo tanto el ego monádico se viste de nuevo con sus inferiores yos y regresa a través del sendero que había ascendido. El orden de los planetas mencionado anteriormente no debe de entenderse como el orden de los planetas que se sigue regularmente.

Tomando en cuenta las enseñanzas anteriores es obvio que el hombre no solo tiene el cuerpo físico o terrestre sino que también un cuerpo lunar, un cuerpo venusiano, uno hermético o mercuriano, uno solar, uno marciano, uno joviano y uno de Saturno, así como también está revestido de la esencia del espacio cósmico. No solo tiene el hombre en su constitución estas varias envolturas planetarias, sino que su conciencia misma tiene como si fueran diferentes matizes de colores o energías, o cualidades derivadas de los distintos cuerpos celestes con los que él está, según su constitución, estrecha e íntimamente unido. Esta es la razón por qué, los varios cuerpos o elementos de la constitución del hombre son dejados por el iniciante en su recorrido por cualquiera de estas esferas, y por qué él debe regresar a cada una de estas esferas a recoger tal velo o envoltura o traje que había dejado anteriormente para que vuelva a ser un hombre completo en la tierra. El hombre por lo tanto, como pueden ver, es un hijo del universo, compuesto de todos sus elementos y por consiguiente, es un microcosmos o un mundo pequeño. Su pensamiento toca con dedos etéreos la estrella más lejana, y la más pequeña vibración de la estrella más lejana tiene su reacción en él.

Podemos ver entonces que la muerte, en las majestuosas ceremonias de la cuarta iniciación del Equinoccio de Otoño, no es sino que una ascensión, una resurrección de ciertos elementos groseros a elementos mucho más etéreos; pero el centro de conciencia, la chispa de fuego del ser, la esencia monádica, es un dios y permanece intocable y sin manchas a través de los eones sin importar lo que sus hijos — que son sus vehículos y velos de la conciencia y mónadas inferiores a través de las cuales trabaja — hagan, experimenten, sufran o gocen.

Marquen estos dos distintos aunque no conflictivos elementos de la enseñanza con relación al Equinoccio de Otoño: (1) Todos los grandes iniciados deben pasar a través de esta iniciación, pero regresan. En ella ellos prueban la muerte y la vencen; y usando el leguaje Cristiano se puede decir “¿Oh, muerte dónde está tu aguijón? ¿Oh, sepultura dónde está tu victoria?” porque el iniciante levantándose airoso ha verdaderamente conquistado la muerte, y sus misterios en todas sus varias fases ya no son misterios para él. (2) El segundo elemento de esta enseñanza es el hecho que ejércitos, multitudes, muchedumbre, de seres humanos, durante algún período de su peregrinaje evolucionario eligen esta iniciación deliberadamente con el solo propósito de salirse de la vista del hombre y de este mundo para no regresar jamás. Tales son los Pratyeka Buddhas, y esos que, como ellos, prefieren la felicidad del nirvana individual que la sacrificada pero sublime vida y destino del Buddha de Compasión.

Recuerden estas enseñanzas en sus elementos. Traten de llevar estos pensamientos en la mente porque ayudan, y cuando se entienden debidamente, la conciencia de estas verdades hará una envoltura de sí misma alrededor de ustedes a manera de broquel o escudo protector. O, cambiando la manera de hablar, estas enseñanzas llegaran a ser luz a tus pies y te guiará a través del sendero que las más grandes y nobles flores de la perfección humana han escogido andar.


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