Para Iluminar Mil Lámparas: Una visión teosófica por Grace F. Knoche

Traducción al Español © 2006 por Theosophical University Press

Capítulo 4

Reencarnación

Tú y yo existimos en un vasto peregrinaje de exploración del cosmos. Ingresamos en él hace muchísimos eones, impulsados por la chispa divina dentro de nosotros para recorrerlo buscando experiencia, para obtener conocimiento de nosotros mismos y de las verdades de la naturaleza. A fin de crecer, de evolucionar, hemos tomado cuerpos de materialidad gradual y creciente para que pudiéramos aprender personalmente en qué consiste la experiencia terrenal en forma completa. Aunque es posible que no lo hayamos llevado a cabo completamente, porque frecuentemente existen malentendidos entre nosotros mismos y nuestras circunstancias; nosotros, como humanidad, estamos comenzando a despertar, a sacudirnos nuestras capas materiales, de ceguera, y a vislumbrar un poco detrás del velo de apariencia a la realidad de la divinidad que nos dio nacimiento. Y esa divinidad es, a la vez, nuestro Ser y nuestro Padre en los cielos.

La reencarnación ofrece una perspectiva buena y compasiva sobre la totalidad de nuestras vidas. ¿Qué otra teoría puede compararse con ese tan ennoblecedor concepto de que los seres humanos, conjuntamente con todos los reinos de la naturaleza, somos participantes que estamos evolucionando en un proceso cósmico eterno – un proceso en el que se incluye una sucesión de nacimientos y muertes para toda forma de vida? Abarca tanto al infinitamente grande como al infinitamente pequeño. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos, y por qué? ¿Y qué tipo de futuro podemos esperar, tanto como individuos como especie? Existe una enorme confusión en nuestra manera de pensar actual, principalmente porque nos hemos alejado de nuestra fuente, de nuestra esencia divina. Necesitamos saber con certeza que nuestras raíces están más profundas que esta sola vida, y que una parte de nosotros perdura más allá de la muerte. Necesitamos encontrar lo que significa el sufrir, y lo que hay detrás de las injusticias espantosas causadas en los niños, animales, y en millones de víctimas inocentes de crímenes despiadados y de accidentes estúpidos cuando aparentemente no tienen causa en esta vida.

Hoy en día, el conocimiento sólido sobre estos temas, que en su mayoría deben interesarnos, está terriblemente debilitado, no porque no esté disponible – existe un caudal de enseñanza y sabiduría práctica en las religiones del mundo, en mitos, leyendas, tradiciones indígenas, y en cuentos de hadas –sino porque hemos olvidado cómo aplicar las claves universales que están esperando que se utilicen inteligentemente y con motivos altruistas.

Por supuesto que el concepto de reencarnación es muy antiguo, y el regreso cíclico del alma humana, para propósitos de aprendizaje y expansión de consciencia, fue tan ampliamente entendido a través de todas partes del antiguo mundo pagano, tanto como lo es todavía en muchas partes del Oriente. Varios Padres de la antigua iglesia, conocedores de las corrientes platónicas y pitagóricas, lo aceptaron; entre ellos, Orígenes, quien escribió acerca de la preexistencia del alma y de su renacimiento en un cuerpo de acuerdo a sus méritos y hechos anteriores; y más aun, que cuando los cuerpos y las cosas materiales se destruyan para luego desaparecer, todos los espíritus serán reunidos en uno solo.

Por siglos, esas y otras tesis doctrinales de Orígenes fueron consideradas oficialmente condenadas y prohibidas por el Quinto Concilio Ecuménico convocado por el Emperador Justiniano, efectuado en Constantinopla en el año 553 D.C. Sin embargo, un cuidadoso examen del registro demuestra que ni Orígenes ni sus creencias comparecieron en ninguna sesión del Concilio. Fue en una reunión extra-conciliar, efectuada antes del Concilio, en la que quince Anatemas fueron declaradas en contra de Orígenes y sus enseñanzas, la primera de las cuales dice:

Si alguien afirma la fabulosa preexistencia de las almas, y sostiene la monstruosa restauración que se desprende de ella: Que sea anatema.*
*Reincarnation: The Phoenix Fire Mystery, comp. y ed. por Joseph Head y Sylvia Cranston, pp. 159ff.

Nos parece incomprensible en estos días que una enseñanza tan ampliamente aceptada, y tan lógica y espiritualmente satisfaciente como la reencarnación, hubiera sido extraída del conocimiento público y mantenida bajo envolturas eclesiásticas por casi 1 500 años. Alguien no puede evitar el preguntarse lo que la historia del Occidente pudiera haber sido si el concepto de reencarnación hubiera continuado siendo un elemento vivificante en el mensaje cristiano. Afortunadamente, aunque fue prohibido predicar desde el púlpito la doctrina del renacimiento del alma, el cantar inmortal de bardos y poetas no pudo ser silenciado, y cuando el Renacimiento vino, los filósofos se unieron a los poetas al hablar y escribir abiertamente de las indicaciones de una vida, o vidas, anteriores. Más tarde, los transcendentalistas de ambos lados del Atlántico, afirmaron poderosamente su apoyo a esta idea transformadora, de esta doctrina de esperanza y consuelo.

Comparado con los antecedentes de los ciclos cósmicos, el nacimiento y la muerte de estrellas, y la renovación anual de la tierra y todos sus reinos, la reencarnación es vista como la manera humana del proceso universal de la Divinidad manifestándose en las esferas terrestres – El Verbo se hizo carne de la tradición cristiana – el Logos buscando tomar cuerpo, una y otra vez, en forma innumerable, con el propósito de activar la semilla del logos que habita dentro de la esencia más interna de toda entidad. ¿Es que no es esto lo que la aventura humana siempre ha tenido como propósito: llegar a ser lo que tan profundamente sentimos que realmente somos?

A medida que transcurren sus vidas, muchos tienen el sentimiento de que hay tanto todavía por hacer, tanto que podría manifestarse si hubiera más tiempo. Nuestro cuerpo se envejece, pero nosotros no envejecemos. Así que, para el ego que evoluciona, es muy natural que regrese a la tierra después de un período de descanso para continuar inscribiendo nuevas páginas en su Libro de la Vida. Todo trabaja conjuntamente, ciclos más pequeños engranándose con ciclos mayores para capacitar el crecimiento más completo posible para cada entidad, en su tiempo y lugar apropiados. Para este fin, la naturaleza provee siempre nuevas formas para que su miríada de hijos – cada uno un ser vivo, un núcleo de conciencia, una mónada en su esencia – pueda proceder de acuerdo con sus objetivos evolutivos.

Las células de nuestro cuerpo nacen y mueren muchas veces a lo largo de la extensión de la vida, y aun así, retenemos nuestra integridad física; la familia y los amigos nos reconocen aun cuando nuestro complemento total de moléculas, células y átomos están siendo renovados continuamente. Es un milagro: los años pasan, nuestro pelo se vuelve gris, pero siempre se nos puede identificar. ¿Y por qué? Porque existe un substrato de la forma, un cuerpo astral, o cuerpo modelo, sobre el cual está construido el físico; y ese modelo astral no es más sino un reflejo de un modelo interno. Puedes avanzar mucho y mucho más hacia el interior hasta que alcances la semilla de la vida, el logos dentro de cada persona, esa luz del Logos que "ilumina a cada hombre que viene al mundo."

Un número de textos budistas se refieren a svabhava, "autorrealización": que lo que es inherente en la esencia invisible de una entidad, "se auto-realizará", es decir, que esa esencia se revelará de acuerdo con su propio diseño distintivo. En Génesis, Dios ('elohim) le ordenó a la tierra que produjera pasto, y hierbas, y árbol de fruto, "cuya semilla esté en él", cada uno según su género (1:11-12) Pablo, en su Primera Carta a los Corintios (15:38-41), también habla de Dios (theos) dándole a cada semilla su propio cuerpo: "una es la gloria del sol"; otra, la gloria de la luna; y otra, la gloria de las estrellas, "pues una estrella es diferente de otra en gloria."

La idea básica de svabhava se relaciona con el concepto vedántico de sutratman: sutra, "hilo, cuerda", y atman, "ser." Este "ente en forma de sarta", o esencia radiante, no solamente vincula a cada porción de nuestro ser polifacético, desde el divino hasta el físico, sino también nos une con la totalidad de nuestro pasado. ¿Cuántas vidas debemos haber vivido? No lo sabemos; pero si creemos en absoluto en la inmortalidad del espíritu, percibimos una infinidad de experiencias, tanto detrás como delante de nosotros. Por lo tanto, todo ser humano tiene por dentro una reserva rica de fuerzas sin gastarse (para bien o para mal) que en algún momento en esta vida, o en vidas futuras, buscará salida; la totalidad de nuestro karma no podría encontrar expresión dentro del intervalo corto de setenta u ochenta, no digamos veinte años de vida.

En todo momento somos la totalidad de nuestro pasado y la promesa del futuro por venir. Tal perspectiva da un sentimiento de continuidad, una garantía de que todo lo que hemos sido permanece en esencia, grabado en las tabletas de la memoria de la eternidad, en la semilla del logos de nuestro ser, esperando por las circunstancias kármicas precisas para expresarse activamente.

HPB habla de sutratman, "el hilo de resplandor", como siendo imperecedero, desde el principio hasta el fin durante todo el gran ciclo del mundo y desapareciendo o disolviéndose solamente durante nirvana, el gran período de descanso, después del cual resurgirá "en su integridad en el día que la Gran Ley llame de regreso a todas las cosas para que entren en acción."* Esto abre un panorama maravilloso. Tal como Jesús les dijo a los judíos en el templo: "Antes que Abraham fuese, Yo Soy" (Juan 8:58), así mismo la humanidad — como una onda de vida de mónadas, de esencias, de partículas de eternidad, de vida y de conciencia — estuvo allí esperando por el momento cíclico cuando el universo se formó otra vez en un nuevo nacimiento, en un nuevo florecer. Cuando ello se manifieste, nosotros también lo haremos, como incontables semillas de logoi, semillas de vida, cada una con su carácter distintivo, o svabhava; y al cierre de su ciclo activo, cuando ingrese en otro período de descanso, nosotros igualmente lo haremos, porque somos parte del todo, formamos unidad con ese todo – no existe separación. Sin embargo, cada chispa de deidad, aunque sea reabsorbida dentro del no ser cuando el drama del período de vida termine, retiene

su marca, no la de alguien más: el propósito completo de su ser es desarrollar su esencia característica en forma total.

*The Secret Doctrine 2:80.

¿Cómo se relaciona este vasto panorama de retomar cuerpos por parte de los mundos, y de los seres humanos, y de todas las formas de vida, con los criterios científicos de la herencia? Obviamente que existen los mecanismos físicos para la herencia, pero ¿Podría el cuerpo formarse sin ninguna conexión con la parte nuestra que sobrevive muchas muertes? En sus obras, G. De Purucker examinó el tema de la reencarnación extensivamente, enfatizando que el proceso de renacimientos comienza con bastante anticipación al momento de la concepción. Cuando un individuo siente el impulso de renacer en la tierra, el elemento que reencarna es atraído magnéticamente hacia sus padres futuros, y comienza a formar el centro laya,* o centro de atracción para sus átomos de vida anteriores, tanto los físicos como los demás.

*El punto místico en donde una energía, o algo, se desvanece de un plano para manifestarse en otro plano, ya sea superior o inferior.

Una vez que la concepción ocurre, él dirige la construcción de su cuerpo dentro del vientre de su madre. La madre es la protectora, el medio, y quien nutre, como lo es también el padre, porque ambos padres comparten en proveer protección al hijo que crece, lo cual, en un sentido más verdadero, se extiende más allá de su alcance físico. A medida que la nueva entidad gradualmente forma su nuevo vehículo físico al reunir los átomos de vida que anteriormente le pertenecieron, así mismo el cuerpo, inevitablemente, lucirá el sello del niño futuro. En el tiempo esperado, el niño nacerá.*

*Consulte The Esoteric Tradition y Fountain-Source of Occultism de G. de Purucker.

Nuestro ADN* contiene un registro de todo nuestro pasado. No podría ser de otra manera. Que físicamente cada ser humano tiene un código genético inconfundiblemente suyo no hace más que confirma la enseñanza teosófica de que cada uno de nosotros es su propio karma; y aun más, que nuestro carácter presente y las circunstancias de esta vida, no es el resultado del karma de solamente una vida anterior, sino del karma que hemos engendrado durante períodos de tiempo más allá de todo número. Somos chispas perennes de eternidad, con un destino estructurado de tal forma que no tiene principio ni final, el cual ha estado en proceso de formación por eones. En cada átomo de nuestro ser, desde el físico hasta el divino, estamos sellados con las esencias de memoria de lo que hemos sido y de lo que aspiramos ser. Nuestro ADN individual es el registro físico de nuestras experiencias internas, ya sean exploraciones, aventuras, progresos – y de nuestro futuro también, porque somos el futuro en semilla.

*Ácido Desoxirribonucleico, el material de autorreproducción exacta, presente en casi todos los organismos vivos, especialmente como un constituyente de los cromosomas, los cuales son los portadores de la información genética. Nota de la traducción.

En realidad, la reencarnación de un ser humano es, principalmente, un suceso espiritual. La vida es sagrada en todo tiempo. No comienza con la concepción; su manifestación en este plano podría empezar entonces, pero la vida es un proceso continuo. Hemos confundido nuestros valores, en su mayor parte porque sabemos tan poquito acerca de quienes somos. Creemos que como padres poseemos a nuestros hijos, y porque la esperma y el óvulo se unen y un embrión se forma dentro del cuerpo de una madre, se cree que la madre hace al niño. Eso no es cierto. La entidad viviente que anima al feto no es una creación nueva, recientemente acuñada por Dios para esta vida solamente; en lugar de eso, representa un reingreso a la vida en la tierra de un ego o alma que regresa, y que ha tenido una serie larga de vidas que se remonta a antecedentes en la eternidad. En este contexto, ciertamente el aborto es altamente discutible, excepto para salvar la vida de la madre. ¿Quiénes somos para decidir atajar la experiencia de un alma en medio de la corriente? No podríamos cortarla completamente, pero sí podemos interrumpir su proceso de reencarnación – afortunadamente solo por un tiempo, porque el alma que está regresando, tratará una y otra vez, si necesario fuera, hasta que encuentre una abertura para renacer.

Indiscutiblemente que existen casos en los cuales la decisión es extremadamente difícil: víctimas de violación, de asalto deliberado e incesto, motivan profundamente nuestra solidaridad. Sin embargo, el hecho permanece: un niño que ha sido empezado tiene tanto derecho a una oportunidad sobre esta tierra como cualquier otro, aunque parezcan dolorosas las circunstancias para él y con todo lo que a ello se refiera. Ninguno de nosotros conoce las interconexiones de karma que impulsan a ese niño a buscar precisamente a esos padres y a esas condiciones, las cuales, si se hubieran trabajado completamente con inteligencia y con amor, beneficiarían igualmente al niño como a los padres.

Paradójicamente, sabemos demasiado y muy poco acerca del misterio de nacer. La tecnología moderna capacita a los padres a ver al embrión cuando crece y descubrir que, talvez, su crío será severamente lisiado o mentalmente incapacitado. El pensamiento instintivamente aparece: ¿No sería más bondadoso terminar la vida del bebé antes de que nazca, para así evitarles, a él y a sus padres, un sufrimiento innecesario? Es una decisión angustiosa, pero con la mayor perspectiva que un conocimiento de reencarnación y karma produce, la pregunta permanece: ¿No deberíamos darle el beneficio a la vida antes que a la muerte? Tenemos que distinguir entre el elemento inmortal y el cuerpo. Muchas veces, las incapacidades físicas tienen una importancia notable para el desarrollo del alma; no estamos entrenados, ni somos suficientemente sabios para comprender el propósito interno detrás de una selección de un ego nuevo por una anormalidad mental o física. ¿No es concebible que el ego que reencarna pudiese "escoger" el karma de un vehículo defectuoso para propósitos más allá de nuestro entendimiento?

Cuando confiamos en que la vida es inherentemente justa y compasiva, sin hacer caso de las apariencias y de las injusticias y crueldades aparentes que acosa a la gente alrededor de todo el mundo, reconocemos que ningún niño nace en una familia, o dentro de circunstancias en donde él no pertenezca. En principio, es completamente sencillo estar de acuerdo con esto. Sin embargo, si nuestro ser superior invita a nuestro hogar a un niño quien es severamente incapacitado, ya sea mental, física, o psicológicamente, podría ser difícil, al principio, no estar consciente que hemos sido defraudados. Existen millares, probablemente millones de estos hijos "especiales", pero esto, por ninguna razón, indica que ellos son incapacitados espiritualmente. Si podemos tomar el panorama de largo alcance, sabremos que ese pequeño nos ha escogido como padres, para amarlo y criarlo a través de su penosa experiencia presente. Dar amor y ternura incondicionalmente exige una magnificencia de alma que acepta el karma presente como un regalo. Lo maravilloso es que muchos padres, después de la conmoción desagradable inicial, están haciendo justamente eso, inspirándose en sus recursos de amor y capacidad de adaptación, de los cuales ellos estaban inconscientes que poseían.

Estas enseñanzas sobre la muerte, renacimiento y la continuidad del centro de conciencia, tienen un llamado, porque ellas se aplican directamente a tantos aspectos de nuestra vida y nuestras relaciones. Somos seres muy esplendorosos, con una historia kármica que se extiende a lo lejos en el pasado, y con un horizonte de oportunidades que siempre vuelve hacia nosotros. Podemos atrevernos a creer en nosotros mismos y en el futuro de la humanidad. Interiormente, cualquiera que sea el karma individual o global, tenemos un linaje de experiencias del alma, el cual ha estado por eones en formación, dándonos garantía de inimaginables riquezas de calidad y poder, para ser desplegadas todavía en ciclos futuros.


Contenido