Para Iluminar Mil Lámparas: Una visión teosófica por Grace F. Knoche

Traducción al Español © 2006 por Theosophical University Press

Capítulo 5

Muerte: Una Entrada a La Luz

Lo que pensemos de nosotros mismos – ya sea que tengamos solo una vida para florecer, o que tengamos un futuro ilimitado para cultivar nuestros potenciales y talentos – nos dará un efecto profundo sobre nuestro panorama de la vida. La gente está ansiosa por la confirmación de su intuición de que existe un orden compasivo, un propósito armonioso y preciso detrás de todo.

Toda la gente sabe de los casos de muerte en la familia y entre amigos, de enfermedades prolongadas, o de la aflicción dolorosa que acontece cuando un niño o un amigo se convierte en una víctima psicológica o mental. Una filosofía que acepta la reencarnación, la cual enfatiza la responsabilidad moral e individual, y la promesa de un continuo crecimiento en amor y sabiduría, ayuda enormemente. De esa manera, cuando la muerte acontece, ya sea súbitamente o después de una larga espera, no nos encuentra totalmente desprevenidos, como teniendo la sensación de una traición aterradora, como si el destino nos hubiera destruido con un golpe cruel. No seríamos humanos si no sintiéramos profundamente la pérdida y la soledad, pero también siempre toma parte la calma silenciosa e interior, y la confianza profunda de que "todo está bien."

La muerte no es el final trágico de una vida; en realidad, es la puerta de entrada a la luz – tanto como para los que viajan hacia la "otra orilla", como para los que permanecemos aquí y que debemos continuar con nuestras vidas. Es muy poco lo que sabemos de esas regiones misteriosas en las que nuestra conciencia, noche a noche, ingresa al dormir; y por un intervalo mayor, después de la muerte del cuerpo. Automáticamente seguimos esas rutas circulatorias, como si fuéramos atraídos magnéticamente a ellas, de la misma forma que lo hacen los pájaros cuando emigran viajando millares de kilómetros por las corrientes magnéticas. Es así cómo, nosotros los humanos, encontramos infaliblemente nuestro regreso a la tierra, en el tiempo y otra vez después de migraciones que duran, a veces cientos, a veces millares de años dentro de los dominios internos de la naturaleza.

Al sueño lo aceptamos elegantemente, agradecidos por darnos descanso noche a noche; pero sentimos que la muerte es diferente. Intelectualmente podríamos reconocerla como la forma en que la naturaleza restaura las fuerzas de la vida, que la liberación del alma de un cuerpo decadente o envejecido es un beneficio, y que sin esos cambios periódicos de forma, no podría continuar nuestro crecimiento interno. Aun así, la llegada de la muerte siempre es un disgusto enorme: nos sentimos poseídos por un poder tan desmedido que no podemos entender, sentimos su irrevocabilidad, que no existe ninguna esperanza de compartir conceptos aun no expresados formalmente. Con todo y eso, misericordiosamente somos sostenidos por una paz profunda, una afluencia de vigor, una atmósfera de íntima confianza de que los vínculos que nos une con quienes amamos son tan inmortales como el corazón del Ser.

Tenemos la tendencia de creer que nuestra vida en la tierra es de una importancia absoluta, cuando en realidad, sólo representa una parte de nuestro destino que sigue el proceso de revelación. Como sucede al árbol hindú Asvattha, que se dice que crece con sus raíces en el cielo, y sus ramas y hojas hacia abajo; nosotros, los humanos, estamos arraigados en nuestra divina mónada, cuya luz se refleja en nuestra inteligencia espiritual, en nuestra naturaleza mental/emocional, y aun, en nuestro cuerpo físico.

Para comprender más claramente qué nos sucede después de la muerte, primero necesitamos entender algo de los distintos elementos que nos conforman, y el papel que desempeñan, tanto en vida como después de morir. La división del hombre que hace Pablo en espíritu, alma y cuerpo, es básica y útil con relación a otros sistemas de opinión, las que clasifican diversamente al hombre en varias formas, esto es, como un ser compuesto de cuatro, cinco, siete, y aun, de diez facetas o principios. Esas facetas de la naturaleza del hombre no están aisladas unas de las otras. En el sistema de siete facetas, por ejemplo, cada una de ellas está, a su vez, compuesta de siete y contiene un aspecto de todas las demás. Podríamos fácilmente adoptar una división quíntuple, en mónadas de categoría descendente, con sus correspondientes cubiertas o vehículos de expresión; o talvez, adoptar una enumeración cuádruple como lo hace la Qabbalah: tres "alientos" de substancias progresivamente más esenciales, todos ellos manifestándose mediante una "cubierta exterior", nuestro cuerpo físico.

Tomando la séptupla división, tal y como se hace en las obras teosóficas, los principios (con sus nombres en sánscrito) se listan así, comenzando desde el supremo:

Divinidadatman, "ego", nuestra mónada inmortal;

Espíritubuddhi, "inteligencia en vigilia", el velo de atman: la facultad de percepción obtenida en forma completa por un buda;

Mentemanas, doble al funcionar: el manas superior unido con los dos principios más altos, constituyen la individualidad espiritual (atma-buddhi-manas); el manas inferior atraído hacia kama, el principio "deseo", se manifiesta como la personalidad común (manas-kama);

Deseokama, "amor, deseo"; cuando está influenciado por la mente superior (buddhi-manas), se manifiesta como aspiración; cuando es utilizado por la personalidad (manas-kama), sin ninguna influencia desde el elemento superior, podría manifestarse como egoísmo agresivo, o apetitos desenfrenados, muchas veces de una naturaleza destructiva;

Fuerza vitalprana, "el aliento de vida", catalogado de cinco, siete, o más en número, que circula a través de nuestra constitución y mantiene la vida física;

Cuerpo Astral o Modelolinga-sarira, "marca o cuerpo de carácter"; la matriz modelo o astral que sirve para construir el cuerpo físico;

Cuerpo Físicosthula-sarira, "el cuerpo denso o grueso", el vehículo o instrumento físico que le permite manifestarse a la entidad séptupla completa.

Para entender la relación de esas siete facetas de nuestro ser en nuestras experiencias posteriores a la muerte, primero tenemos que reconocer que la muerte no sobreviene solamente porque el cuerpo está cansado o inservible. La muerte ocurre, principalmente porque la parte superior está extrayendo el alma hacia ella, y la fuerza atractiva hacia arriba es tan intensa que el cuerpo no puede resistirla. La vida está siendo atraída, hasta cierto punto, para los propósitos más grandes del alma. El nacimiento y la muerte son puertas de vida – episodios en la maduración del elemento reencarnante; y por lo tanto, los dos procesos, muerte y nacimiento, en el análisis final, son impulsados desde nuestra fuente divina.

Las muchas historias de individuos quienes casi se ahogaron, o han estado críticamente enfermos, o declarados "muertos" y luego revivieron, demuestran la naturaleza múltiple de la constitución humana, y que es posible que el cuerpo sea dejado inactivo mientras el alma/mente/conciencia es momentáneamente extraída. Algunos han experimentado la sensación de estar vivos y flotando arriba del cuerpo, viéndolo que reposaba abajo. Unos cuantos, más tarde, han recordado exactamente lo que doctores y enfermeras dijeron e hicieron durante su muerte aparente; la mayoría de ellos dicen haber visto los sucesos de sus vidas exhibiéndose rápidamente, como si fuera una revisión. Tales experiencias de casi-muerte son una confirmación gráfica de la enseñanza teosófica sobre la "visión panorámica" que experimenta la mente/alma, antes de su lanzamiento dentro del viaje después de morir. No todos los que pasan por una experiencia de casi-muerte están conscientes de que algo fuera de lo normal les ha sucedido, pero quienes sí retienen algún recuerdo de lo que ellos "vieron", usualmente regresan con una fuerte determinación de volver digna, por el resto de sus vidas, esta segunda oportunidad.

Durante el sueño, la cuerda vital de oro permanece entre todas las partes de nuestra constitución, mientras que en la muerte esta cuerda se rompe. En los casos de casi-muerte, la cuerda no es rota; por lo que, aun si se da una retirada más o menos larga, el vínculo que entrelaza los principios, no se rompe. Eso significa que el individuo puede, y normalmente eso sucede, reanimar su cuerpo y un milagro aparente ocurre: una persona supuestamente muerta regresa a la vida. Si la cuerda hubiera estado rota, la muerte habría sobrevenido.

Las enseñanzas teosóficas hablan de dos, a veces tres visiones panorámicas de intensidad variable: la primera, experimentada por el agonizante durante los momentos finales de su vida física, y que continúa por un momento después de la muerte física; la segunda, mucho más débil, ocurre antes de introducirse suavemente dentro de una condición de ensueño celestial (devachan); y una tercera, al dejar esa condición de ensueño, en el viaje de regreso a la tierra.* Esto le permite al individuo "ver" sin distorsión, la justicia sin ninguna complicación de todo lo que le ocurrió durante la vida que acaba de finalizar, a que ingrese en paz a la condición de ensueño celestial, y en su regreso a la tierra, a tener una visión anticipada del trazo general de lo que vendrá, antes de que caiga la cortina del olvido.

*Cf. H. P. Blavatsky, The Key to Theosophy, pp. 162-3, and G. de Purucker, Fountain-Source of Occultism, pp. 549-54

Cuando finalmente viene la muerte y el alma es liberada de sus cadenas corporales, el rayo proveniente de la mónada divina se repliega hacia su estrella padre, mientras tanto nuestra mónada espiritual viaja entre las esferas planetarias. En cuanto al cuerpo se refiere, sus átomos se dispersan y parten hacia sus respectivos dominios en la naturaleza, en donde siguen sus propias circulaciones. Eso constituye nuestra "primera" muerte. Después de un corto período de inconsciencia, conocido como el mundo del deseo (

kama-loka), el alma humana ingresa a una condición provisional de "purgación", en la cual permanece sin máscara alguna ante su ego superior y ve la justicia de todo lo que ha experimentado. Un proceso de duración, ya más corta, ya más duradera, que depende del karma que generó previamente, lo conduce hacia una muerte "segunda", en donde todo lo que es denso y material en el carácter se desvanece, poniendo en libertad a las esencias más finas del ego reencarnante, y para que sean absorbidas por la mónada espiritual. Para la mayoría de nosotros los seres humanos promedio, quienes no somos ni muy buenos ni muy malos, nuestra estadía en kama-loka pasará con relativa facilidad.

Después de la segunda visión panorámica durante la muerte "segunda", el ego reencarnante ingresa en su devachan – los Campos Elíseos de los Griegos – en donde él experimenta una y otra vez, en una condición como de sueño, la realización de sus meditaciones y aspiraciones más nobles. La repetición de sus sueños idealizados tiene la consecuencia beneficiosa de dejar una impresión en el alma de aspirar por una vida superior, la atmósfera de la cual se acarrea después dentro de una vida futura en la tierra. Mientras tanto, la mónada espiritual, que acarrea con ella al ego-alma que sueña, viaja entre las esferas planetarias por sus propias aventuras mayores. Los Latinos antiguos hicieron uso efectivo del epitafio para perpetuar ese conocimiento histórico: dormit in astris, "él duerme entre las estrellas"; gaudeat in astris, "él se regocija entre las estrellas"; y spiritus astra petit, "el espíritu vuela hacia las estrellas."

Cuando se agotan las energías que han hecho posible la condición de devachan, una tercera visión panorámica ocurre, la cual es una visión anticipada veloz y a grandes rasgos y sin detalles – una vista momentánea para que el alma venidera pueda advertir la justicia y la compasión en las circunstancias kármicas que ella encontrará. A medida viaja hacia la tierra, ella atrae del enorme depósito de la naturaleza, esos átomos de vida que construyó dentro de sí en el pasado; con ellos reintegra las almas y cuerpos que usará en la vida futura. Esos átomos de vida son atraídos hacia cada uno de nosotros porque nos pertenecen; en vidas pasadas hemos estampado nuestro sello personal sobre todas las existencias que componen cada faceta de nuestra constitución.

Estas ideas pueden parecer abstractas cuando somos acometidos por una enfermedad grave, y no somos capaces de hacer algo con respecto a ello. Pueden haber ciertas medidas remediadoras que podemos adoptar, pero donde no hay curación conocida, tenemos que tratar de sobrellevar la experiencia con la mejor gracia y valentía que podamos aportar. Si experimentamos un sentimiento debido a la exposición prolongada, y estamos convencidos de que existe un propósito divino para cada vida, esto mismo se constituye en una ayuda tremenda al enfrentarse a tal crisis. Particularmente, se vuelve una gran ayuda cuando debemos apoyar a alguien que atraviesa por su infierno personal, y que no podemos hacer mucho para mitigar la situación. Y sucede aun más así, cuando los jóvenes son golpeados por enfermedades que causan la muerte y se dan cuenta que sus vidas están sumergidas en el desorden. Naturalmente, la persona que se ha encarado a una muerte prematura tiene que atravesar por un proceso doloroso de ajuste, lo mismo que todos aquellos quienes aman a esa persona también pasan por ese mismo proceso.

Mucha gente tiene que hacerle frente preciso a estas circunstancias, y un conocimiento de la reencarnación les ofrece dignidad para vivir y para morir. Nos damos cuenta de que la forma en la cual vivimos cuando somos de veinte, de cuarenta o de sesenta años, influye en la calidad de nuestra muerte, de nuestra vida después de morir, así como también de nuestras futuras reencarnaciones. Si podemos compartir algo de esta visión tan grande con quienes amamos, ellos estarán mejor dotados para trabajar con sus karmas; y así, disfrutar como Marco Aurelio lo hizo cuando dijo: "Ahora los años que te quedan son pocos, así que disfrútalos como si estuvieras en la cumbre de la montaña."* Existe dignidad en el alma humana que obtiene su propio éxito en estas horas de prueba. Aun donde hay momentos muy difíciles que atravesar, ayuda inconmensurablemente saber que nuestras vidas forman parte natural del destino que cada uno de nosotros ha estado tejiéndose desde el amanecer del tiempo, el cual ha estado preparándonos precisamente para este momento. Es recíprocamente sanativo estar preparado para hablar tranquila y abiertamente, o comunicarse silenciosamente, con quienes están muriendo; ellos no solamente encuentran desahogo profundo, sino que nosotros mismos compartimos ese proceso en la forma más sagrada.

*Meditations, bk. 10, §15, tr. Staniforth, p. 157.

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